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El Palacio de Tokio busca el arte entre el hombre y sus objetos

3 feb 2017
11h44
actualizado a las 12h08
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La relación del ser humano con la realidad y sus objetos, abordada de la manera más íntima a la más tecnológica, es el hilo conductor de la temporada artística "Saison en toute chose", que hoy abrió sus puertas en el Palacio de Tokio de París.

Hasta el próximo 8 de mayo, un sinfín de actuaciones en directo completarán las ocho megainstalaciones reunidas en este centro de arte especializado en las vanguardias contemporáneas.

Los momentos más llamativos serán sin duda los firmados por el ermitaño 'performer' francés Abraham Poincheval (1972), que el 22 de febrero se encerrará en el perfil de un cuerpo sentado tallado en el centro de una roca, de momento abierta en dos mitades, para pasar allí una semana y "experimentar la temporalidad del reino mineral".

Cuando las dos partes rocosas se cierren sobre él, este amante de experiencias extremas, perfecto discípulo de Marina Abramovic, de quien un día fue asistente, se quedará a solas con un poco de agua y alimentos, un pequeño conducto para respirar, otro para evacuar sus deyecciones y un teléfono móvil en caso de necesidad vital.

Una cámara filmará su inmóvil periplo en el exiguo espacio que se adjudicó una vez más y durante el que prevé también leer y escribir.

La obra de este artista que prepara al milímetro sus aventuras no terminará el 1 de marzo cuando salga de la roca, pues 28 días después volverá al Palacio de Tokio para "experimentar el reino animal" y pasar esta vez entre 21 y 26 días incubando huevos.

El artista promete hacerse cargo luego de su descendencia como una buena gallina haría con sus polluelos, según adelantó durante la inauguración a la prensa el presidente del lugar, Jean de Loisy.

Para ilustrar su trabajo, el museo presenta ya los escasos elementos materiales necesarios para crear "Pierre" (Piedra) y "Oeuf" (Huevo), y algunos procedentes de anteriores hazañas como "Gyrovague", cilíndrico habitáculo de metal y a la vez vehículo con el que realizó un "Viaje invisible" por los Alpes entre 2011 y 2012.

Difícil exponer el túnel que también al inicio de la década cavó durante 20 días bajo un jardín español, pero no la maqueta de oso en cuyo interior vivió recostado y filmado en directo 13 días, o la botella gigante donde 'navegó' el año pasado por el Ródano.

Difícil también hacer sombra a un artista plástico de tan atípico nivel, pero el japonés Taro Izumi (1976) brillará igualmente estos meses en el Palacio de Tokio.

Figura singular en su país, "artista completamente atípico y muy silencioso, con quien no es siempre fácil comunicarse", según relató De Loisy, Izumi es residente 2017 del programa de arte contemporáneo SAM Art Projects, de la mecenas brasileña Sandra Hégédus Mulliez.

Mezcla de objetos, vídeos, esculturas y actuaciones, sus instalaciones, lúdicas y críticas al mismo tiempo, toman los objetos cotidianos como material privilegiado para trastocar su función.

El amplio espacio que ocupa su monográfica recibe al visitante con un muro de ladrillos que son en realidad el mismo ladrillo filmado día tras día durante horas.

Excelente ejemplo de su particular búsqueda, Izumi configuró la proyección sobre un muro de ese muro aparentemente normal ensamblando digitalmente cientos de planos de su ladrillo, piedra a piedra, de abajo a arriba, con mucha más paciencia que un albañil.

No menos destacables son la fotografía gigante de la francesa Emmanuelle Lainé (1973) descompuesta en un trampantojo habitable por el público; la intervención ritual y actuaciones de inspiración chamánica de la australiana Mel O'Callaghan; o los objetos en ruidoso trance perpetrados por el francés Dorian Gaudin (1986).

Puras sombras y esculturas de agua, cristal y maderas olvidadas del francés Emmanuel Saulnier (1952); un dispositivo sonoro y visual ideado por su compatriota Anne Le Troter (1985) y la colectiva "Sous le regard de machines pleines d'amour et de grâce" completan la lista de instalaciones.

Esta última para cuestionar el paso del tiempo, el impacto de la economía de mercado y las nuevas tecnologías en las emociones humanas y su representación, con obras de una decena de autores como la danesa Marie Lund (1976), el portugués Pedro Barateiro (1979) o el honkonguense Lee Kit (1978).

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