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El euro enfrenta nuevos retos y viejas lacras 25 años después de Maastricht

2 feb 2017
06h53
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Un cuarto de siglo después de que el Tratado de Maastricht consagrase su nacimiento, el euro ha sobrevivido a los envites de la crisis pese a las flaquezas de una Unión Económica y Monetaria aún incompleta y afronta hoy presiones externas e internas de nuevo cuño.

La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, la negociación para la salida de Reino Unido y las elecciones en importantes países de la Unión Europea (UE), pondrán a prueba la solidez de una Unión Económica y Monetaria que nació coja y se ha tambaleado bajo el peso de una crisis financiera que ha obligado a reforzar sus cimientos.

El 7 de febrero de 1992, los doce países de la entonces Comunidad Europea dieron un paso de gigante en la integración política y económica con la firma del Tratado de Maastricht, que sentó las bases de la actual UE y creó la Unión Económica y Monetaria (UEM).

Los Estados cedieron sus preciadas competencias de política monetaria para alcanzar una UEM que permitió el libre flujo de capitales, abrió una cooperación en política económica y creó la moneda única que llegó a los bolsillos de doce estados europeos el 1 de enero de 2002.

Pero la estructura se cerró sin una unión bancaria ni fiscal, con la confianza de que el curso de la historia llevaría a conseguirlas.

"El euro se fundó sobre una unión incompleta y los dirigentes entonces ya eran conscientes de ello (...) pero no había voluntad política para dar más pasos", dice Guntram Wolff, director del centro de estudios europeos especializado en Economía Bruegel.

"Lo que no tuvieron totalmente en cuenta los fundadores del euro fue que solo se avanzaría cuando no hubiese alternativa", añade el analista.

Casi dos décadas después, la crisis mostró con toda su crudeza las fallas del diseño, revelando el peligroso círculo entre la banca y la deuda soberana y el riesgo de que, si no se rescataba a las entidades o Estados más débiles -Grecia, Portugal, Irlanda, España o Chipre- su caída arrastraría a toda la eurozona.

En 2012, con el euro al borde del colapso, se acordó la anhelada Unión Bancaria, con un mecanismo único de resolución y otro de supervisión de la banca en manos del Banco Central Europeo, al tiempo que se creó un fondo permanente de rescate para los diecinueve que ya se habían incorporado a la moneda única.

"En aquel momento los Jefes de Estado estaban entre la espada y la pared y sabían que no les quedaba más que tomar una decisión fundamental para estabilizar la situación. Y gracias a eso se estabilizó", recuerda Wolff.

El ya célebre "haré lo que sea necesario para salvar el euro y será suficiente" del presidente del BCE, Mario Draghi, acabó de tranquilizar a los mercados.

Hoy, con la divisa fuerte, ha desaparecido la presión inmediata y con ella el impulso integrador.

El sistema de garantía de depósitos europeo que debe completar la Unión Bancaria está estancado, las capitales rechazaron la propuesta de Bruselas para una posición fiscal agregada en la eurozona, y la política monetaria expansiva sigue soportando la carga de la recuperación a falta de una unión fiscal.

"Hoy hay un progreso gradual y no creo que vaya a producirse un salto de la noche a la mañana. Pero soy optimista en cuanto a que las presiones externas, como la de Trump, permitan tener posiciones europeas más unificadas", apunta Wolff, para quien el presidente americano y otros actores "meterán el dedo en las yagas" europeas.

Hace solo unos días Ted Mulloch, candidato a embajador de EEUU ante la UE, vaticinaba que al euro le quedaban 18 meses de vida, augurio poco novedoso al que el comisario europeo de Asuntos Económicos, Pierre Moscovici, respondía que la divisa no colapsaría "en 10 ni en 20 años", advirtiendo de que "no es útil tratar de dividir a los europeos".

En el frente interno, el dedo en el ojo lo ponen los partidos euroescépticos en auge en Francia, Alemania y Holanda de cara a los próximos comicios en estos países, citas electorales que junto a la inédita negociación para el "brexit" amenazan con prolongar el "impasse" integrador en la eurozona.

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