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Bucear para pescar langostas y arriesgarse a morir en el Caribe

11 mar 2017
03h11
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La pesca de langosta por buceo, prohibida a nivel regional por peligrosa, sigue dando de comer a miles de familias en el Caribe y afronta una difícil reconversión entre los indígenas que la practican jugándose la vida en condiciones precarias.

No hay un registro oficial para saber exactamente cuántos son, pero asociaciones locales cuentan por cientos los pescadores a los que la muerte ha sorprendido en las últimas décadas tras adentrarse a demasiados metros de profundidad en el mar sin los equipos adecuados y sufrir cambios bruscos de presión.

Otros muchos han terminado lisiados o discapacitados por realizar una actividad arraigada, por ejemplo, en la Mosquitia, una remota zona costera habitada por el pueblo de los miskitos y que se extiende por Honduras y Nicaragua.

Estos dos países son los únicos que no han aplicado medidas contra la pesca de langosta por buceo pese a haber sido prohibida en 2009 por un reglamento vinculante de la Organización del Sector Pesquero y Acuícola del Istmo Centroamericano (OSPESCA), que integran ocho Estados.

"Se trata de un problema social que tratan de mejorar poco a poco porque (cerrando esa pesca submarina) dejarían sin trabajo a unas 10.000 personas", apunta a Efe Graciela Pereira, experta de Infopesca, centro especializado en productos pesqueros de Latinoamérica.

La mayoría de esos buzos en esa región son miskitos, pescadores artesanales de escasos recursos y falta de capacitación que confían en la langosta como sustento básico y guardan una relación especial con la naturaleza.

Las autoridades hondureñas y nicaragüenses han expresado su intención de mejorar sus condiciones a esas personas y darles otra alternativa de vida, aunque siguen debatiendo cómo llevar a cabo la estrategia.

Hace unos años, el presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, pidió ayuda a la Organización de la ONU para la Alimentación y la Agricultura (FAO) para reconvertir la pesca de la langosta.

Grupos de pescadores, empresarios y funcionarios de ese país participaron en talleres con expertos de México y Cuba, donde se utilizan las llamadas "casitas" o trampas, una tecnología sencilla con la que atrapan esos crustáceos con más facilidad.

"Desde una perspectiva de cooperación Sur-Sur (entre países en desarrollo) intercambian conocimientos para solucionar sus problemas", un enfoque relativamente barato que requiere ante todo "interacciones y colaboración entre actores", explica el técnico de la FAO Festus Akinnifesi.

Un diálogo que, para Akinnifesi, puede ayudar a evitar los conflictos, la sobreexplotación de recursos pesqueros y el desempleo, entre otros problemas.

En esos encuentros participó la investigadora del Instituto nacional de pesca de México Verónica Ríos, que explica que las "casitas" llevan funcionando cuarenta años en su país, concretamente en una comunidad muy pequeña de Punta Allen, en la península de Yucatán.

Esas trampas, comenta, son "específicas de zonas bien organizadas y donde las comunidades controlan la pesca", pero tampoco son la "solución a un problema de índole social y político".

En Nicaragua este proceso se ve obstaculizado por el difícil acceso a ciertas poblaciones y la posibilidad de que se aprovechen de las "casitas" personas ajenas quedándose con las langostas.

En 2015 la Comisión Interamericana de Derechos Humanos se pronunció sobre las condiciones precarias en las que trabajaban en Honduras unos 2.000 buzos, la mayoría indígenas, e instó al Estado a revisar la ley de pesca submarina y implementar mecanismos de supervisión urgentes de todas las empresas involucradas.

Además, urgió a proporcionar una cámara hiperbárica en la Mosquitia y medidas de rehabilitación para los buzos lesionados y con discapacidad.

Las presiones también proceden de empresas de Estados Unidos que se niegan a comprar langosta extraída mediante el buceo autónomo o con tanque debido al alto número de accidentes. En su lugar se lo compran a los que usan trampas.

El mercado estadounidense es el principal destino de la langosta congelada de Honduras y Nicaragua, que no se puede comercializar fresca -a mayor precio- por la falta de infraestructuras en los países de origen.

Según datos de la FAO, la producción de langosta en el Caribe suma unos 35.000 toneladas, procedentes sobre todo de Brasil, Cuba y Bahamas.

En Centroamérica, los principales productores son Nicaragua y Honduras con una industria que, a pesar de manejar cifras más pequeñas, da trabajo a una mayor proporción de personas y en 2014 logró ingresos por exportación de 100 millones de dólares.

Si las "casitas" no funcionan en esos países, los expertos no pierden la esperanza y se fijan en Brasil, donde la comunidad dispone de una cámara hiperbárica y se dan lecciones a los buzos para capturar langostas de forma profesional.

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